Cine y Valores

La enfermedad del domingo

Título original: 
La enfermedad del domingo
Género: 
Puntuación: 
6

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Publico recomendado: 
País: 
Año: 
2018
Dirección: 
Fotografía: 
Música: 
Distribuidora: 
Duración: 
113
Contenido formativo: 
Crítica: 

Anabel abandonó a su marido y a su hija Chiara cuando ésta tenía ocho años. Años más tarde se casó con un hombre adinerado y llevó una vida apacible sin tener –ni buscar- nunca noticias de la niña ni de su padre. Treinta y cinco años después, Chiara se presenta en casa de su madre con una extraña petición: pasar diez días juntas y solas. ¿Qué se esconde tras esa propuesta?, ¿pedir dinero?, ¿un chantaje tal vez? Pero el «¿Qué quieres?» que le pregunta la madre desconcertada no obtiene más respuesta que la insistente petición de esos días de convivencia madre e hija, en una casa solitaria a las afueras de un pequeño pueblo francés. Anabel acepta de todos modos y se aventura en una situación confusa y perturbadora, hasta que por fin descubre cuál era el misterioso propósito de Chiara. Entonces ella, la madre, se ve en una tesitura como jamás hubiera podido imaginar.

La película va de ese reencuentro después de tanto tiempo de ausencia. No hay tramas secundarias, todo sucede entre esas dos mujeres, con un abismo entra ellas, profundo y oscuro de treinta y cinco años de silencio. Tampoco en el extraño reencuentro hablan mucho, pero sus miradas son elocuentes del dolor que anida en su interior. Se miran sin comprenderse, sin saber qué piensa ni siente la otra. Las escasas palabras entre ellas son como puntas de flecha que se clavan, hieren por dentro. Lejos de aliviar el sufrimiento, la búsqueda del pasado y la verdad que se va desvelando las desgarran. No es sólo cuestión de culpa y de rencor, de odio o de perdón. Son dos almas atormentadas que necesitan redimirse; es la niña que fue, que sigue esperando tras la ventana el regreso de la madre; es la madre que ha vuelto por fin, aunque obligada, y entonces se le ha abierto el cofre secreto donde tenía oculto su pecado.     

Es una historia trágica, y Ramón Salazar no escatima nada de su terrible realidad, pero tiene el acierto de hacerlo de forma contenida, sin caer en el exceso melodramático. Incluso en los momentos en que parecen desbordar las pasiones contenidas -la fiesta en el pueblo o el arrebato de ira de Chiara- no llega a romperse la deprimente atmósfera, densa de tristeza y amargura. El director realiza un magnífico trabajo, al que contribuyen dos excepcionales actrices. Bárbara Lennie tiene una actuación medida al milímetro. Su personaje es el único que conoce el secreto que mueve todos los hilos de la trama, pero no deja traslucir nada. El espectador no lo adivina hasta que la historia se descubre y entonces comprende los gestos y las reacciones de Chiara. Susi Sánchez está magistral mostrando la evolución de la madre, al ritmo en que va cambiando su imagen física, desde el pelo impecablemente peinado del principio y su ropa cara y elegante, hasta la mujer que trabaja la tierra en el jardín y corta leña para el fuego.

El final deja el mal sabor de un ineludible destino fatal para quienes no tienen un punto de mira más elevado que les permitiría contemplar la vida y la muerte con un mínimo de esperanza. Pero se sale con el regusto de haber visto buen cine.