Cine y Valores

Verano 1993

Título original: 
Estiu 1993
Género: 
Puntuación: 
7

Average: 7 (1 vote)

Publico recomendado: 
País: 
Año: 
2017
Dirección: 
Guión: 
Fotografía: 
Música: 
Distribuidora: 
Duración: 
94
Crítica: 

3  GOYAS:  ACTRIZ REVELACIÓN; ACTOR DE REPARTO; DIRECCIÓN NOVEL y 2 MEDALLAS CEC: DIRECTORA REVELACIÓN (CARLA SIMÓN) Y GUIÓN ORIGINAL (CARLA SIMÓN).

La pequeña Frida acaba de perder a su madre. Oye a los mayores que hablan de una carta que ésta dejó antes de morir, expresando su voluntad de que fuera su hermano y su mujer quienes se hicieran cargo de la niña. Hablan y discuten, pero a ella no le dan ninguna explicación. Es el verano de 1993 cuando Frida, llena de incertidumbre y desconcierto, abandona su casa de Barcelona para ir a vivir al campo, con sus tíos y su prima Anna.

Carla Simón proyecta su propia experiencia, sus propios recuerdos de infancia, o, tal vez más exactamente, el poso amargo que las vivencias de su infancia dejaron en su alma. Porque también ella perdió a sus padres a causa del Sida y tuvo que ir a vivir con unos tíos que la acogieron. Al final del film, con los últimos créditos, aparece la dedicatoria a su madre Neus, pues a ella, como a Frida, la muerte de su madre le causó un desgarrón por dentro que el tiempo es capaz de suavizar pero nunca de cerrar. Hasta el punto que le ha exigido hacer una película para limpiar y oxigenar la herida. Sin embargo, a pesar de lo dramático del tema, Simón nos ofrece un relato íntimo y conmovedor, pero siempre contenido y moderado, una narración fluida, que se sigue con una sonrisa emocionada.

La directora rueda casi siempre cámara al hombro y nos hace ver el mundo a través de los ojos de Frida, una niña muy despierta para sus pocos años, pero totalmente desconcertada ante una situación que la desborda. Tampoco para los nuevos padres resulta fácil gestionar los largos silencios de su nueva hija, sus celos agresivos, su comportamiento abrupto las más de las veces. Ellos saben que, en el fondo, sus rebeldías, mentiras y pequeñas crueldades con su prima son un grito desesperado de socorro porque le han cortado súbitamente el cordón umbilical que la nutría y le daba seguridad. Para aprender a respirar por sí sola, necesita urgentemente sentirse amada y acogida, recuperar el vínculo que le proporcionaba refugio y cariño, que le permitía sentirse ella misma porque su mamá la quería y velaba por ella.

La película es un auténtico «prodigio» en el sentido literal del término, porque parece imposible que una actriz tan joven como Laia Artigas consiga dar vida e imprimir realidad a un personaje tan complejo y enigmático como Frida, que está enfrentándose a un mundo que no comprende, con un dolor sordo que se la come por dentro y una necesidad instintiva de recuperar el nido de afecto del que la vida le ha privado. Y qué decir de Paula Robles, la bondadosa prima Anna, más joven todavía y que, a su vez, está extraordinaria en su papel. El resto de los actores están todos bien, transmiten humanidad a sus personajes y credibilidad a la historia que se desarrolla en la pantalla, espejo de lo que aconteció a Carla Simón cuando, como Frida, contaba con sólo seis años, sufrió la soledad de quedarse sin madre.      

Es una película preciosa, que llega al corazón, y que da que pensar sobre la necesidad de paciencia con el que sufre. No «paciencia» como «aguante», sino como voluntad de adaptarse a los ritmos de maduración. A un niño herido tan profundamente como la pequeña Frida es verdad que, como dice su tía Marga, la afectuosa «nueva mamá», hay que marcarle límites en su comportamiento. Pero, sobre todo y ante todo, hay que darle amor sin límites, abrirle los brazos y el corazón sin condiciones, estrecharlo con fuerza y acariciarlo con ternura para que rompa a llorar por fin, que es la forma sana de que sangre su herida y pueda empezar a cicatrizar. Porque los problemas humanos sólo se solucionan por elevación.